Prólogo

Prólogo para “El Señor del Mundo”
de Robert Hugh Benson
(Segundo tomo de la “Biblioteca del Papa Francisco”)

José Hernán CIBILS

El Director de “La Civiltà Cattolica” me pidió gentilmente que escribiera este prólogo para “El señor del mundo” de Robert Hugh Benson -volumen que formará parte de “La Biblioteca de Francisco”- con el fin de tratar de explicar porqué este libro se encuentra entre los favoritos del Papa Francisco, quien recientemente recomendó su lectura.
Acepté gustoso pues este trabajo me hace rememorar mi juventud adolescente, cuando fuera alumno del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, Argentina.
En 1964 yo tenía 16 años y el joven maestrillo Bergoglio llegaba al Colegio como Profesor de Literatura y Psicología. Más tarde fue Prefecto de Disciplina, Director de las Academias de Literatura y Oratoria, consejero espiritual y amigo de muchos de nosotros.
Tuve así el privilegio de conocerlo y tratarlo, sin sospechar que mucho tiempo después cada una de las palabras intercambiadas con él, cada anécdota, cada hecho aparentemente insignificante y nimio sería explorado ansiosamente por investigadores, periodistas y escritores, interesados en dilucidar y conocer la vida temprana, en desentrañar las raíces del hoy devenido Papa Francisco.
Si hubiera sido clarividente habría tomado entonces más apuntes, conservado cada una de las observaciones y los comentarios que Jorge Bergoglio escribiera en mis trabajos prácticos y creaciones literarias, hubiera tomado muchísimas fotos y grabado con esmero sus clases.
De cualquier forma habría carecido de los medios técnicos. El magnetófono más avanzado en esos momentos era el pequeño “Geloso”, faltaban décadas para la aparición de la fotografía digital, los teléfonos inteligentes, las computadoras…
Éramos muy jóvenes y ante nuestros ojos se abría el mundo con todas sus incógnitas, posibilidades y maravillosos caminos por recorrer. Lo vivido, lo experienciado, se nos quedaba grabado en el alma…
Lo mejor que nos brindó Bergoglio en su rol de profesor y consejero espiritual, fue su valorización de lo bueno que creía descubrir en cada uno, su preocupación y dedicación docente y amistosa. Se tomaba el tiempo necesario para la charla distendida y personal, algo sumamente valioso en esa difícil edad, donde uno se siente capaz de todo y al mismo tiempo desorientado, encajado en una encrucijada decisiva entre el pasado y el futuro, ambos presentes.
Tuve la suerte de seguir contando con su guía espiritual y su amistad durante muchos años después de egresado del Colegio y hasta el día de hoy.
Excedería el marco de este prólogo (que quiere ser breve y no sé si lo logrará), el relatar todos los hechos puntuales que significaron una ayuda valiosa para mí, mi mujer Adriana, y tantos otros compañeros y amigos que lo frecuentaban.
Bergoglio estaba convencido de que esa era su “misión”. Al preguntarle porqué se tomaba tan a pecho el ocuparse de tal o cual cuestión que le planteábamos, respondía invariablemente: “Soy cura. Es mi profesión”. Para él era algo obvio. Aclaraba sin embargo, que “no podría hacerlo si no fuera por su relación con Dios”.
No intento presentar una imagen idealizada de Bergoglio. El diálogo con él, sumamente enriquecedor, no era siempre fácil. Estaba lleno de caridad y amor cristiano pero podía ser severo y tajante e irónico (al estilo argentino y jesuita). Aunque aceptaba la crítica y el disenso (si no, hubiera sido muy aburrido), pedía opinión y hasta consejo.
No olvidaré la primera vez que conversé con él, en su calidad de „director espiritual“, caminando por uno de los antiguos pasillos del Colegio. Le mencioné algo que he olvidado por completo, seguramente relacionado con alguna situación adolescente, algún problema „existencial“. Me contestó: „Pepe, eso no tiene solución“. Así nomás.
Claro que el problema no era realmente „insoluble“ ni me estaba infligiendo una condena eterna. Después comprendí que su respuesta era casi un „koan“ zen, para el cual no hay respuesta racional posible, sino que se requiere una transformación interior para resolverlo, una conversión de la mente.
Esa actitud radical de amor pastoral, amor a la humanidad y a cada una de sus ovejas, es lo que signa su personalidad y su actual pontificado.
Al abordar “El señor del mundo”, de Benson (edición traducida por L.Castellani, Bs. As., 2008), me puse en el lugar de Bergoglio. Traté de adivinar lo que él pudo haber sentido al leerlo.
Benson escribió su libro en 1907. Su visión profética es la del surgimiento paulatino de una Anti-Iglesia, de una nueva “Religión Humanitarista”, dominada por la masonería. Los católicos existen aún, conservan algunos templos, hay Obispos, Cardenales y un Papa, Juan XXIV, pero han ido resignando lugares. Se les otorgó la entera ciudad de Roma como residencia del culto, a cambio de la entrega del resto de las iglesias y catedrales de Italia.
Al principio de la novela se describe la situación mundial en el S. XXI. Los países se han fundido en tres grandes bloques: el Imperio de Oriente, Europa y América. Y sólo hay tres religiones: el Catolicismo, el Humanitarismo y las religiones de Oriente.
El Humanitarismo (“consecuencia del triunfo del herveísmo y del pensamiento kenótico”), se presenta como una “religión” anti sobrenatural, en la que Dios es el Hombre. Es totalmente materialista y con la ayuda de la “psicología”, intenta reemplazar lo trascendente y demostrar que las creencias cristianas no son más que “autosugestión”.
Esta seudo religión brinda todavía “cierto alimento a los espíritus místicos”, tiene un credo y un ritual y usa a las iglesias y catedrales como centros del nuevo culto.
Es la llamada “iglesia libre”, que guarda las viejas formas cristianas pero vaciadas de su contenido espiritual esencial. Ex sacerdotes católicos renegados son utilizados para practicar los intrincados ritos y ceremoniales, que siguen siendo necesarios para atraer a las masas.
El personaje central de la obra, el P. Percy Franklin, que vive en Londres, ciudad ultramoderna, con maravillosos transportes y sin ruidos, es un sacerdote con certero criterio, hombre de consulta del Santo Padre y que debido a los acontecimientos acelerados que devienen, pronto se convierte en Cardenal y finalmente en el último Pontífice.
Es un hombre de sólida fe que encuentra su ancla en lo más profundo de la meditación mística, descripta así por Benson: reclinado en oración Percy “… estaba más allá del velo de las cosas, detrás de la barrera de la sensación y el discurso, en aquel secreto sitio al cual había aprendido a penetrar con constante ejercicio,…donde el sentido del mundo externo se transparenta desde su interior…”.
Este modo de orar del P. Franklin me sugiere que Benson conoció la obra mística del S. XIV “La Nube del No Saber”, atribuida a un monje inglés anónimo, donde se enseña la práctica de la oración callada, muy similar al método zen.
Pienso que Bergoglio puede haberse sentido identificado con el P. Percy, quien con mente clara ve repetirse ante sus ojos lo relatado en el Libro de los Macabeos (cuando el pueblo elegido transó con los poderes mundanos y se apartó de Dios). Bergoglio tocó este tema en su homilía del 18 de Noviembre de 2013, al recomendar la lectura del opúsculo que nos ocupa.
El P. Percy observa con desazón cómo un cura amigo pierde la fe. Trata de convencerlo, de hacerlo volver al redil, no con argumentos sino con las razones del “corazón”, como las que él experimenta en su oración, pero sin éxito.
Bergoglio, en la entrevista que le realizara el P. Spadaro S.J. el año pasado, refiriéndose a la oración y la meditación manifiesta que…“el estilo de la Compañía [de Jesús] no es la discusión, sino el discernimiento… El aura mística jamás define sus bordes, no completa el pensamiento. El jesuita debe ser persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto… teniendo a Cristo en el centro. Ésta es su verdadera fuerza… Por eso hoy más que nunca [la Compañía] ha de ser contemplativa en la acción…”. (http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130921_intervista-spadaro_sp.html ).
El P. Percy Franklin es un contemplativo en la acción: de la oración mística profunda extrae las fuerzas para conservar su fe, y continúa orando en medio de la acción de la vida diaria.
Dirigiéndose a los Obispos y Cardenales congregados hace poco en la Plaza de San Pedro, dijo Francisco: “no olviden que ustedes son príncipes, pero príncipes de un Crucificado”. Y el Papa es el jefe de dichos príncipes y de la Iglesia, Esposa de Jesucristo. De allí emanan el sentido y la justificación de su poder.
Viene al caso citar un artículo de La Nación de hoy, 13 de Marzo, firmado por Carlos Pagni, quien afirma que “…al Papa le gusta escandalizar con cierta incorrección. Cuando, en una antigua charla entre colegas, le preguntaron qué le hubiera gustado ser si no fuera sacerdote, contestó: ‘Comando’… su maestro es Basil Liddell Hart… La estrategia de la aproximación indirecta es el texto de cabecera del Pontífice…” Y Pagni cita párrafos de este autor que congeniarían, según él, con la filosofía de Bergoglio: „El mejor general es el que sabe convertir la guerra en paz.“ „Como dijo Napoleón, en la guerra ‘lo moral está con lo físico en relación de tres a uno’”. (http://www.lanacion.com.ar/1671713-una-distancia-ideologica-menor)
Notable confesión la de Francisco. El que lo conoce sabe que nunca habría sido un verdadero “comando”, pero nadie puede dejar de percibir la radicalidad de sus convicciones, su amor por la verdad y su decisión de anunciarla y defenderla con clarísima voz, utilizando hábilmente la estrategia adecuada (que supone un conocimiento de los resortes del poder), todo ello aunado con el amor al prójimo. La combinación es óptima para un Pastor que vela por su rebaño.
Y con humildad, lo cual queda fuera de toda duda después de la autodefinición que formula en la recién mencionada entrevista. Spadaro le pregunta: “¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?”. Y él responde: “Yo soy un pecador. Ésta es la definición más exacta.… Soy un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”.
Y continúa expresando que fue nombrado Provincial de los Jesuitas argentinos cuando “…tenía 36 años: una locura. Había que afrontar situaciones difíciles, y yo tomaba mis decisiones de manera brusca y personalista… al final la gente se cansa del autoritarismo. Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me ha llevado a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador. Tuve un momento de gran crisis interior estando en Córdoba…”.
Seguramente esta “crisis interior” le dio jugosos frutos, fueron seis los años que pasó prácticamente aislado o exilado, en los cuales tuvo ocasión de meditar largamente, transformar su vida. Lo visitamos una vez en esa época, con mi mujer Adriana.
Para mayor abundancia recomiendo la lectura de su publicación “El verdadero poder es el servicio” (Ed. Claretiana, Bs. As., Octubre de 2007). El título ya lo dice todo.
Volvamos a Benson. Bergoglio siempre supo que la psicología no es enemiga de la religión (en esto no concuerda con el autor), sino que por el contrario, al liberar la mente y el espíritu de conflictos, brinda al hombre la salud mental que le permite abordar con mayor libertad lo religioso.
Ese fue siempre un “Leitmotiv” bergogliano: al hablarnos de Dios, auscultaba si los alumnos estábamos en situación de aceptarlo, de incorporarlo en nuestra vida. De ahí su preocupación por nuestra condición humana, personal. Cuando era necesario requería el auxilio y asesoramiento de psicólogos, a quienes recomendaba. Pero en el tiempo de Benson la psicología no estaba aún desarrollada y Freud no gozaba de la mejor fama en los ámbitos religiosos.
Curiosamente la muerte de Freud confirma otra de las predicciones de Benson: la práctica de la eutanasia. “El 23 de setiembre de 1939, muy deteriorado físicamente e incapaz de soportar el dolor que le producía la propagación del cáncer de paladar, [Freud] le recordó a su médico personal, Max Schur, su promesa de sedación terminal a fin de ahorrarle el sufrimiento agónico. Freud murió después de serle suministradas tres inyecciones de morfina”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Sigmund_Freud ).
Francisco nos alerta al igual que Percy Franklin, sobre el avance de un “humanitarismo” disfrazado de religión, que, usando en su provecho la tendencia actual a la globalización, trata de convertir a la Iglesia en una “ONG”.
Según lo citan el Corriere de la Sera y La Nación de Buenos Aires el 6 de marzo del corriente año, el Papa Francisco manifestó que: “…la globalización salvó de la miseria a muchas personas, pero condenó a muchas otras a morir de hambre… La actual globalización… produce un pensamiento único, un pensamiento débil. Y en su centro ya no está la persona humana, sólo el dinero.” (http://www.lanacion.com.ar/1669312-francisco-pintar-al-papa-comosi-…3 ).
Y agrega en la ya aludida conversación con el P. Spadaro: “…lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla… A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación”.
No piensan lo mismo los “humanistas” de la obra de Benson, que quieren eliminar el dolor a través de la eutanasia. En un párrafo del principio del libro se narra la caída de un avión en Londres (Brighton). En vez de ambulancias, lo que se acerca al lugar del accidente es un equipo de eutanasistas…
Esta visión de Benson comienza a cumplirse en el presente. La eutanasia voluntaria (suicidio o “muerte piadosa”), está aceptada y legalizada en varios países: se la llama el “derecho a morir”. En el sitio http://www.dmd.org.co/federacion.html , se lee lo siguiente: “La Federación Mundial de Asociaciones pro Derecho a Morir… defiende que los individuos deben tener derecho a tomar sus propias decisiones sobre la forma y el momento adecuado de su propia muerte… ya sea por suicidio médicamente asistido o eutanasia voluntaria”. Y algunos quieren extender este “derecho” incluso a los menores de edad, por ejemplo en Bélgica: (http://elcomercio.pe/mundo/actualidad/belgica-debate-eutanasia-menores-edad-noticia-1665641 ). Para mayor abundancia ver: http://mexico.cnn.com/salud/2011/09/01/elegir-una-muerte-asistida-puede-ser-como-un-nacimiento. Y no se refieren solamente al caso de enfermos terminales, sin esperanza de cura, sino al simple “deseo” de morir, por motivos x.
Francisco, al contrario, nos pide que seamos promotores de la vida: „La falta de salud y la discapacidad no son nunca una buena razón para excluir, o peor para eliminar, a una persona; la privación más grave que padecen las personas ancianas no es un debilitamiento del organismo y la subsiguiente discapacidad, sino el abandono, la exclusión, la privación de amor“. (Mensaje a la XX Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, Ciudad del Vaticano, 19 de febrero de 2014).
Esta solución “fácil” de optar por la muerte, hace ver lo arduo que le resulta al hombre moderno acercarse al misterio de la Pasión de Jesucristo, o comprender los tormentos sufridos por San Ignacio en la cueva de Manresa, acometido por el impulso de arrojarse a un foso, o captar el significado de la “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz, o aceptar el sufrimiento, simplemente…
Dice Juan Pablo II: “A esta experiencia [del sufrimiento] San Juan de la Cruz le ha dado el nombre simbólico y evocador de noche oscura… Él no intenta darle respuesta al terrible problema del sufrimiento en el orden especulativo; pero…descubre algo de la maravillosa transformación que Dios efectúa en la oscuridad… “.
Esta “noche oscura” me remite nuevamente a “La Nube del No Saber” (Ed. Paulinas, Madrid, 1981), donde en su capítulo 44 leemos: “Todo hombre tiene muchos motivos de tristeza, pero sólo entiende… la tristeza el que experimenta que es (existe)…Esta tristeza purifica al hombre del pecado…prepara al corazón para recibir aquella alegría por medio de la cual trascenderá finalmente el saber y el sentir de su ser”.
Con ello concuerda el sorprendente Erik Fromm, en su obra “Del tener al ser” (Paidós, Bs. As., 1993): “El Dios del Antiguo Testamento es, ante todo, una negación de los ídolos, de los dioses… Dios no debe tener nombre, ni debemos hacer una imagen de Dios… más radicalmente en el misticismo cristiano (desde el falso Dionisio Areopagita hasta el desconocido autor de The Cloud of Unknowing y el Maestro Eckhart) el concepto de Dios tiende a ser el del único, la „Divinidad“ (la no-cosa)…“
Cuán lejos de estos conceptos está el “humanitarismo” denunciado por Francisco y descripto proféticamente en “El Señor del Mundo”.
Ya en el año 1965 escribía el maestrillo Bergoglio en la Revista Anual del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe: “En nuestros días somos testigos de un drama: el drama de la verdad aceptada a medias…Debemos hacernos conscientes de que el error y el compromiso personal con el error, se defienden tras el telón de una retórica brillante y halagadora… [es necesaria una] reflexión profunda, expresión definida, valiente y clara para entregar a la humanidad el testimonio del Señor que edifique una tierra nueva…”.
Drásticas y lúcidas reflexiones de un joven Bergoglio. Su admonición no carecía de motivos. Años más tarde la mentira o la verdad a medias se siguen esparciendo en todos los campos, disfrazadas y justificadas con mil ardides.
La globalización mal entendida esconde la falacia de quienes intentan manipularla. La vida se ha convertido en un obsceno espectáculo en el que algunos pocos levantan la bandera del goce irrestricto, como único sentido de la misma, mientras que muchos otros no pueden gozar de nada porque carecen de todo. “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”: no se podría resumir mejor el programa de un Papa coherente con su pensamiento de juventud, proclamando su verdad en un aparente desierto.
Es que hasta en el arte, en todas sus expresiones, se expande la mentira como una mancha venenosa. Citando a Discépolo, el filósofo del tango (amado por Francisco), hoy “…cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón…”, lo que en el campo del arte muchas veces podría traducirse: “cualquiera es un creador, cualquiera es un farsante…”.
Menciono el arte no porque sí, sino porque es, ha sido siempre, una expresión humana muy querida por Francisco, en todas sus variantes. Todavía recuerdo nítidamente la pieza para órgano que yo compusiera a su pedido y que tocara durante su primera misa, celebrada en una iglesia de Flores, en la Ciudad de Buenos Aires, acompañado por una batería!
Pero pese a las deformaciones que sufren hoy las artes y la verdad, Francisco no pierde la Esperanza. En la charla con el P. Spadaro, refiriéndose a la situación del mundo actual, expresa: “…más que optimismo…me gusta …usar la palabra ‘esperanza’, tal como se lee en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos … la esperanza no defrauda, como leemos [también] en la Carta a los Romanos. Piense en la primera adivinanza del Turandot de Puccini”, le dice a Spadaro, quien entonces la trae a colación: “En la oscuridad de la noche vuela un irisado fantasma. / Sube y despliega las alas / sobre la negra, infinita humanidad. / Todos lo invocan / y todos le imploran. / Pero el fantasma se esfuma con la aurora / para renacer en el corazón. /¡Cada noche nace / y cada día muere!”. La esperanza…
La gran mentira del “humanitarismo”, según Benson, su falsa promesa, es que será capaz de lograr la “paz universal” y sobre todo que podrá apaciguar el alma, atormentada por su finitud, enfrentada a un mundo extraño que trata de racionalizar.
Por otro lado no es menos cierto que los tiempos han cambiado y ya no nos sirven las viejas estructuras de pensamiento. Francisco tiene una frase favorita, que repitió durante una audiencia privada que me concediera en el mes de octubre pasado: “estamos viviendo un tiempo de cambios, o mejor dicho, un cambio de tiempos”.
La Era de Piscis, tradicionalmente asociada al surgimiento del Cristianismo, ha llegado a su fin después de 2000 años, y estamos ya respirando el comienzo de la Era de Acuario, cuya orientación es justamente hacia el “humanismo”. Ya no son los peces el símbolo de los tiempos sino la figura de un hombre.
La encrucijada que bien vislumbran Benson y Francisco y la pregunta que se plantean, es cómo podrán sobrevivir los valores de la Palabra de Jesús en un mundo totalmente nuevo, ajeno al misterio de la Cruz, deseoso de libertad individual y progreso técnico, aunque también de un nuevo sentido de lo comunitario.
La respuesta la encuentro prontamente en la feliz Exhortación Apostólica “Evangelium Gaudium”, de Francisco. Allí nos queda claro que Jesucristo no está atado a un tiempo o a un espacio, a una era dada de la humanidad. Su mensaje es “Una eterna novedad…un anuncio renovado… su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado… Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina…”.
Otro tema importante en la novela visionaria de Benson, es el del rol de la mujer. Leemos por ejemplo que “…el golpe maestro de la masonería ha sido la inclusión de las mujeres” y que habría que imitarlos: “¿Acaso planes tras planes no se habían hundido por haber sido olvidado el poder de las mujeres?… En la Iglesia tampoco a las mujeres se les había dado parte activa, excepto en trabajos domésticos o de beneficencia ¿y no eran capaces las mujeres de otro trabajo?”
La religión humanitarista visualizada por Benson, que es una Anti-Iglesia Católica aunque disfrazada de “verdadera”, llega al extremo de crear su propio remedo de la Virgen María, sus adeptos confeccionan una imagen de la “Madre, Reina del Mundo, Consuelo de los Afligidos”, a la cual veneran…
Por otra parte en “El Señor del Mundo” es una mujer, la propia esposa del diputado Oliver Brand, Mabel, la única persona no católica que descubre la tétrica realidad que se esconde bajo la mentira oficial. Como no puede soportar ni elaborar el conflicto que surge en su interior, toma una trágica decisión.
Es que en el opúsculo bensoniano, el nuevo movimiento mundial en formación encuentra, engendra en un momento dado a su líder, en la figura de un tal Mr. Felsenburgh, un político americano que salta de repente a la fama por sus hábiles negociaciones diplomáticas, que logran sellar la paz mundial. Ya nunca más habría guerras ni destrucción, es lo que creen todos!
La comunidad internacional le otorga por lo tanto algo parecido a “la suma del poder público”, es nombrado “Presidente del Orbe” y mucho más, es considerado el nuevo Mesías, se dice que “…Él era el Creador… el Redentor… el Salvador. Era el Hijo del Hombre… el Eterno… el Infinito… el Alfa y Omega…”.
Un falso Cristo, el Anti-Cristo, puramente humano…
Pero Mr. Felsenburgh no tardará en mostrar su verdadero rostro: poco después de proclamar la paz y concordia universales manda destruir la ciudad de Roma y permite que hordas salvajes se lancen a devastar iglesias, monasterios y conventos…
Su mensaje justificatorio es cínico: “…no había que arrepentirse… Roma no era más, y el aire estaba más limpio por eso…”. Acto seguido “el pacifista” ordena el exterminio de los católicos, los únicos que aún se le resisten, pues todas las otras religiones se han rendido ante su poder.
El marido de Mabel, Oliver, apoya la orden y está de acuerdo con esta “solución final”.
Entonces ella declara haber sido “…engañada; que la esperanza del mundo era una monstruosa burla; que el reino de la paz universal estaba tan lejos como nunca; que Felsenburgh había abusado de su confianza y roto su palabra”.
Como ya dijimos, Mabel toma en consecuencia una irreversible decisión. Pero en el instante postrero encuentra a Dios.
Con respecto a la mujer y su rol en la Iglesia, dice el Papa Francisco en la interviú con Spadaro: “Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia… La mujer es imprescindible para la Iglesia. María, una mujer, es más importante que los obispos… Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia”. (El subrayado es mío). Toda una tarea pendiente, según Francisco.
Volviendo muchos años atrás y a manera de anécdota, quiero relatar lo que Bergoglio manifestara en una reunión que tuviera lugar en la Casa de Ejercicios de San Miguel, Buenos Aires, donde gran cantidad de exalumnos y amigos nos congregáramos para saludarlo, poco antes de su ordenación sacerdotal. En esa ocasión, entre otras cosas, Bergoglio expresó su opinión personal de que “tarde o temprano el celibato sería abolido”.
Sigamos con Benson. Ya casi llegando al final de su narración, muertos Juan XXIV y la mayoría de los dignatarios eclesiásticos durante la destrucción de Roma dispuesta por Mr. Felsenburgh, Percy Franklin es nombrado Papa por los pocos Cardenales sobrevivientes y se refugia secretamente en Jerusalén. Informado por la delación de un Judas moderno, Felsenburgh ordena el alistamiento de una flota de bombarderos para abatir la Ciudad Santa y con ella (así lo ansía) el último vestigio de la Cristiandad.
Olvidaba mencionar que la apariencia física, los rasgos faciales de Percy Franklin, el último Papa, son notablemente parecidos, casi iguales a los de Felsenburgh, con quien muchas veces se lo confunde. Es la forma en que el Anticristo se presenta, camuflado.
Por mi parte confío en que el libro de Benson no sea del todo profético. Me estremezco al pensar que según las discutidas profecías de Malaquías, Francisco viene a ser el Papa No. 112, o sea el último… será verdad?, presagia Benson realmente la cercanía del fin del mundo? Dejemos que el lector atento lo dilucide.
Aunque este tema no tenga mucha importancia para los africanos que mueren ahogados en el mar, en su huida desesperada hacia Lampedusa, o los que perecen a diario en los múltiples conflictos o mini guerras de la actualidad, como el caso de Siria (para citar dos temas caros a Francisco). Para ellos el mundo ya terminó.
Sin olvidar empero que el Apocalipsis de San Juan no es sinónimo de catástrofe final y sin remedio. Por el contrario, así como Cristo resucitó una vez, venciendo a la muerte y llenando la vida de Esperanza (no sólo para los cristianos sino para todo el universo), nos ha prometido también Su segunda venida, la Parusía, donde la creación entera resucitará y será plenificada. Es una promesa bíblica en la que creemos.
En síntesis: por qué “El señor del Mundo”, de Robert H. Benson, mereció ser recomendado por el Papa Francisco? Creo que aunque no se avizore por el momento ninguna figura mundial comparable con Mr. Felsenburgh y que pueda ser definida como “el Anticristo”, el proceso que será su caldo de cultivo, según lo augura Benson, se halla en pleno desarrollo.
Los valores materiales y hedonistas están logrando desplazar a los espirituales. La vida, tal como la propone el materialismo militante, sería el paraíso terrenal del consumo desaforado. Los que no accedan a ello (la mayoría) estarían condenados al infierno terrenal.
De ahí la urgente advertencia de Francisco, su llamado a la pobreza y a ponernos del lado de los pobres. No sólo para que ellos también gocen de posesiones materiales (que en su justa medida son necesarias para la vida), sino porque siguiendo el ejemplo del Santo de Asís, considera a la pobreza, en cuanto desasimiento, en cuanto “tener como si no se tuviera nada”, un bien en sí mismo, una actitud del alma que abre el corazón a lo trascendente.
Y esta pobreza, predicada y practicada por el Papa, que no es otra que la de Jesucristo invitando al joven rico a vender todos su bienes y seguirlo, despierta la reacción de los anticuerpos del “mundo” (en el cual el cristiano está sin pertenecer al mismo): pérfidamente se intenta convertir la figura de Francisco en un objeto de consumo, en una estampita digna de ser impresa en una camiseta, como ocurrió con tantos otros, con el Che Guevara, por ejemplo, (me reservo mi opinión sobre su valor “revolucionario”, pero si lo tuviera, hace rato que puede comprarse en cualquier tienda).
Que el símbolo de la “pobreza” se convierta en un objeto pasible de ser consumido, sería el colmo de la distorsión y el falseamiento, la antesala del Anticristo en el concepto de Benson.
Por todos lados vemos pulular millones de fotos, estampitas y muchos otros objetos de culto relacionados con un Francisco, que a veces es puesto al mismo nivel que una estrella de rock. Francisco es tapa de las revistas importantes, incluyendo a “Vanity Fair” (http://www.lanacion.com.ar/1599492-el-papa-francisco-hombre-del-ano-de-vanity-fair) , y “le ganó” a Miley Cyrus la elección como “Personaje del Año” por parte de Time (http://www.clarin.com/espectaculos/Miley-Cyrus-pudo-ganar-Francisco_0_1047495545.html ). Francisco “Superman”, Francisco “Superstar”…
Por un lado esto es un signo de la devoción y el entusiasmo mundial despertados por el Papa argentino, lo cual es ciertamente muy positivo. Por otro es un llamado de alerta: el “mundo”, con formas aparentemente suaves, dulces y seductoras (como las de Mr. Felsenburgh), tratará siempre de incorporar, de deglutir, de “cooptar”, de hacer suyo en definitiva, previa desactivación de su núcleo peligroso, todo aquello que lo cuestione.
Y Francisco ha venido justamente a cuestionar, a reformar, a cambiar, a renovar. A servir. No a buscar una fama que (según me lo confesó él mismo), lo ha tomado completamente por sorpresa, lo asombra, y además “no se la cree”.

José Hernán CIBILS
Berlín, 13 de Marzo de 2014
(1er. Aniversario de la Elección de Francisco como Sumo Pontífice).